Posteado por: cercadeafrica | 21/07/2010

Las fronteras se cruzan de noche

En el Golfo de Guinea, cualquier instante, por fugaz que sea, tiene su ceremonia; cada rito, sus contraseñas, y todo viaje, sus caminos perdidos. No hay una buena tarde africana sin puesta de sol. Yo me preparaba para la gran cita con el autobús en el hotel Guedevy. Me gustaba matar el día en la palloza, entre mosquitos revoloteando al contraluz del marco de la puerta, con un termo de agua caliente, una taza y unos sobres de Nescafé sobre la mesa, un purito entre los dedos y, siempre a mano, la libreta de alambre y pasta dura que me había regalado mi mujer para la ocasión. La caída de la noche traía ilusiones y miedos al cincuenta por ciento. Se acercaba el momento de partir. No me hacía falta el reloj para saberlo, lo intuía por el color azul oscuro del cielo y el aire suave que antecede a la hora del sueño. Bonifacio había dejado claro que saldríamos esa noche. Agustin era más preciso y aseguraba que no sería antes de las doce. Tenía tiempo de cenar algo, el «capitán» —un pescado de agua dulce típico de las regiones laguneras de África— frito en aceite de palma y acompañado con pasta. Julliete no era una buena cocinera para los cánones españoles, pero era una gobernanta afable y limpia, y a mí, en aquel momento, nadie podía prometerme en los próximos días algo más apetitoso que aquel plato caliente. Al terminar, me despedí de Julliete, la impetuosa encargada del hotel, y de Odette, la chica para  todo. Era la segunda vez en dos días que les decía hasta luego y, por su sonrisa, me di cuenta de que no iban a echar el cerrojo sin que diera la una de la madrugada, por si volvía a aparecer en la entrada con mi mochila a cuestas. Así había sido la noche anterior y nadie les garantizaba que no volvería a repetirse una vez más. Unas sonrisas y un apretón de manos eran suficientes para darse las gracias y desearse suerte. Después de casi una semana habíamos traspasado la frontera de cliente-distante camarero-indiferente y habíamos cimentado unos hábitos cotidianos, que nos mantenían a cada actor en su papel, con el regalo de una sonrisa./…/

Por la tarde me había recorrido el barrio despidiéndome de todos. Una semana ociosa en Bohicon da para eso y mucho más. Pegado al hotel, pero en mitad de la calle, el chico que arreglaba las bicis: un mesote de madera con tres tornillos y dos tuercas era todo su patrimonio, pero no había rueda trillada o cadena retorcida que se resistiese a la destreza de sus manos. Me había tirado largos ratos viéndole trabajar y de su honradez como persona y sencillez como mecánico no me cabía ni la más mínima duda. Un poco más allá, mi buen amigo Azzade, el sastre, que me había cautivado una mañana de domingo con su plancha de carbón de museo etnográfico y su amplia sonrisa, también de museo, pero éste de arte clásico griego. Le había prometido volver a Bohicon con una revista de moda para que copiara los patrones de los vestidos, él que me había hecho una casaca africana en dos horas con unas tijeras y un dedal. Puerta con puerta, la peluquería, donde una docena de chiquillas aprendían el oficio de las mechas y las trenzas africanas. Cruzando la carretera, el maquis donde Yvette me servía las beninoises y se tumbaba en un banco a dormir mientras sonaba a todo volumen «Je l’aime à mourir». A todos y cada uno les ofrecí el mejor de mis saludos africanos y la promesa de volver pronto a verlos.

 Extracto del libro ‘Las fronteras se cruzan de noche’ de Xaquín López (Madrid, Akal editores, 2008)

VMM

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