Posteado por: cercadeafrica | 25/01/2011

El reino Fon de Benín (etnias)

Ya hablamos en otro post sobre los yoruba, uno de los pueblos más antiguos e importantes de Nigeria. Otra comunidad que se remonta al periodo precolonial de Benín son son los fon:

A pesar de que la religión (Vudú) y la cultura fon están claramente influenciadas por el pueblo yoruba, sus orígenes no están en Nigeria, sino en Tado, un pequeño reino ewé del actual Togo. Las luchas internas por el poder hicieron que una parte de los habitantes de Tado cruzaran el Río Mono y fundaran el reino de Allada en las fértiles tierras de Davié (S-XIV). Como cualquier civilización, la de los fon está fundamentada en leyendas y mitos que podréis leer en el recuadro inferior. Tras la muerte del fundador del primer reino fon, Adjahouto, su nieto Kokpon expandió el poder fon en la región central de Benin. Cuando Kokpon muere, varios príncipes entran en disputa por ocupar el reino y éste acaba dividiéndose, formando 3 reinos: Allada, Dahomey y Hogbonu (actual Porto Novo).

La leyenda del Reino de Allada

La tradición oral de los fon explica que Aligbonon, hija del rey de Tado, fue a buscar agua a un estanque cuando un leopardo se abalanzó sobre ella sin matarla. Algunos meses más tarde, Aligbonon dio a luz a un varón, que bautizó con el nombre de Agassou: hijo del leopardo.

Con el paso de los años Agassou se convierte en un hombre fuerte, cubierto de pelos rubios y con las uñas largas haciendo honor a su condición de ‘hombre-leopardo’. Debido a su terrorífico aspecto ninguna de las chicas de Tado quiere casarse con él. Es entonces cuando su madre busca una esposa para su hijo entre otras tribus de la región. Su aspecto y el hecho de desposar a una mujer que no pertenece al reino de Tado impiden a los descendientes de Agassou de ser candidatos al trono. Será finalmente el nieto de Agassou quien frustrado por serle denegada la posibilidad de ser rey asesina al príncipe Adja, heredero al trono de Tado y huye con su familia y seguidores al otro lado del río Mono. Este hecho le convierte en Adjahouto –el asesino de Adja-. Con él lleva el cráneo de su abuelo Agassou, la calabaza sagrada de Tado –de donde deben beber todos los monarcas- y dos pitones de los bosques de Tado. Al llegar a las fértiles tierras del centro del actual Benin, funda su propio reino. A pesar de la distancia, Adjahouto sabe que los soldados de Tado lo están buscando para matarlo y es entonces cuando decide convertirse en árbol para evitar que lo encuentren. El poder de convertirse en otros seres vivos lo había heredado de su abuelo. Ante su desaparición, sus seguidores exclaman ‘el rey ha muerto’ que en lengua fon es Alla Da, de ahí que el reino más antiguo del imperio fon se conozca como Allada. Hoy en día el ‘árbol-rey’ sigue en pie en el bosque sagrado de la ciudad de Allada.

Organización política y social

La base de la organización del reino era el poblado, con un jefe nombrado por el rey y un consejo de jefes de familia. La asociación Dokpwé, que comprendía a todos los jóvenes y adultos, procedía, por medio de sus miembros, a la ejecución de los trabajos duros ritmados por los cantos y la música; el jefe de la asociación, el dokpwega, tenía que ser consagrado por el rey. Los poblados estaban agrupados en provincias, confiadas por el rey a grandes personajes.

Había 4 clases sociales: 1.- Los esclavos (prisioneros de guerra); 2.- Los siervos (nacidos de los esclavos en Dahomey); 3.- La clase libre (campesinos y artesanos, que se convertían en soldados en tiempo de guerra); 4.- La aristocracia (altos funcionarios y sacerdotes, que no trabajaban con sus propias manos y poseían esclavos).

El rey, designado entre sus hijos por su predecesor, era un personaje sagrado, ante el cual todos se prosternaban. Designaba numerosos dignatarios, entre otros a dos ministros que disponían de grandes poderes. Las numerosas mujeres del rey se dividían en mujeres verdaderas (algunas de las cuales ejercían cierto control administrativo sobre los funcionarios), esclavas, mujeres viejas atendidas y amazonas, que combatían y tenían que permanecer castas. El “pacto de sangre” establecía una fraternidad entre los pactantes y se había convertido en un medio de reclutar agentes y espías para el gobierno.

En un rincón del palacio real un compartimiento contenía sacos de rafia llenos de guijarros: era el censo. Cada saco representaba un poblado, con un guijarro por persona, repartidos estos por edad y por sexo. El censo servía para la movilización. El rey y sus ministros conducían el ejército en las habituales guerras.

También era necesario el censo para la política fiscal. La manutención de la corte y del ejército y las compras de armas tenían que ser pagados mediante la venta de esclavos y de aceite de palma, pero principalmente mediante los impuestos: derechos de aduana, impuestos sobre las cosechas, el ganado, los productos de la caza y el trabajo de los artesanos. Las cosechas eran recontadas cada año y los funcionarios velaban por la ejecución de los planes de producción.

Los viajeros europeos que visitaron el país quedaron impresionados por el culto a los antepasados reales. Especialmente a la muerte de un rey, se le tenía que rehacer un reino en el más allá, mediante ofrendas y numerosos sacrificios humanos. Anualmente, se realizaba también otra celebración en honor de los antepasados reales: la llamada fiesta de las “Costumbres”. Era esta una ocasión para que el rey hiciera ostentación de sus riquezas a los ojos del pueblo, así como para distribuir una parte de las mismas; los numerosos sacrificios humanos que acompañaban esos actos desencadenaron, en vísperas de la conquista, la vindicta de los “filántropos” europeos. Otras circunstancias (por ejemplo, la partida hacia la guerra o la construcción de un palacio) exigían también sacrificios sangrientos.

De esta manera, Dahomey se presentaba como una fórmula forzada de monarquía absoluta, de derecho divino y divinizada, que exigía numerosos sacrificios a los individuos. El monarca dahomeyano era, efectivamente, un rey cuyo poder, que parece autocrático e incluso sanguinario, reflejaba la dureza de los tiempos. Pero la dictadura estaba lejos de ser absoluta: los ministros debían ser consultados, la tradición respetada y las deidades Vudú escuchadas.

JR

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