Posteado por: cercadeafrica | 24/02/2011

Diario en Camerún (VII)

13 de septiembre 2010

En tierra Koma
Desayunamos temprano para partir a la tierra de los Koma, nos olvidamos del fufulde, jan na, para saludar a partir de ahora teke teke, en lengua koma. Después de cruzar el puente sobre el río Faro, tomamos la pista que va hacia Wangay para visitar el mercado de Tchamba, que tiene lugar cada lunes. Le llaman el mercado de los baobabs por la cantidad de árboles de este tipo que crece en esta zona. Aprovechamos para comprar pan nigeriano para el treking, y sal, cerillas y jabón para regalar a la gente de los poblados koma que nos acogerán en los próximos dos días. El mercado se va animando a lo largo de la mañana a medida que van llegando los comerciantes de los pueblos de alrededor.

Venta de leche

Gasolinera

Carne fresca, pescado ahumado, cocos, zapatos de goma, leche y toda clase de enseres para la cocina se exponen sobre una manta en el suelo. Cada puesto está delimitado por una estructura de palos que sirve como techado para protegerse del sol. Los días de mercado son además un momento idóneo para relacionarse, intercambiar noticias y por supuesto buscar pareja.

Pescadería

Carnicería

Carnicería

Seguimos hacia Wangay, desde donde continuaremos caminando para adentrarnos en los montes Alantika, los montes que separan Camerún de Nigeria. Esta zona ha estado tan aislada que ni los musulmanes ni los cristianos han conseguido llegar a los remotos poblados que las habitan. Adentrarse en los Alantika, “allá donde Alá no ha llegado” es una experiencia única.

Dejamos nuestras maletas a buen recaudo en el palacio del lamido de Wangay, a quien tenemos ocasión de saludar, en una desolada sala con una alfombra y dos sofás como único mobiliario. Comemos rodeados de lugareños sobre una esterilla en el patio: pan nigeriano buenísimo, una lata de atún, quesitos y piña; menú que repetiremos durante el picnic los siguientes dos días. Es necesario llevar tienda de campaña, comida y el agua necesaria para los días de treking, puesto que no hay ningún tipo de infraestructura en la zona. Abdul se encarga de contratar los servicios de dos porteadores y un guía local de la etnia Koma, el comandante Issa, imprescindible para comunicarnos con los pueblos de las montañas. Los Koma se refugiaron en estos montes huyendo de la islamización de los musulmanes Peul durante el siglo XIX y todavía hoy mantienen intactas su cultura y tradiciones, que giran en torno a los ciclos agrícolas.


Nos calzamos nuestras botas y a caminar. Atravesamos un puente al final del pueblo y parece entramos en el mundo perdido. En el horizonte se alza el monte Fali, que debe su nombre a un enorme saliente rocoso en forma de falo, y que los Koma consideran sagrado. El lugar es mágico, de una belleza sobrecogedora, no podemos por menos que pararnos un momento a empaparnos del paisaje que nos rodea.

Caminamos por un terreno llano bordeando los campos de maíz y mijo. El agua es abundante en esta zona, en varias ocasiones tenemos que quitarnos las botas para atravesar algún que otro riachuelo. Un sonido de flauta llega a nuestros oídos, se está celebrando una pequeña fiesta después de una dura jornada de trabajo, en el que todo el poblado ha participado para elaborar la preciada cerveza de mijo.

Celebración

Al cuidado de mi hermano

La cerveza es fundamental en la vida de los Koma. En cada poblado hay una choza sólo destinada a su elaboración, que lleva un proceso muy largo realizado por el cabeza de familia. Utilizan mijo germinado y secado al sol, después se cuece durante horas los siguientes dos días y el líquido resultante pasa varios procesos de filtrado. El resultado es una cerveza con bastante buen sabor y alta graduación, que toman mayores y niños. Además la utilizan como moneda de cambio en el mercado para comprar sal y azúcar.

Elaboración de la cerveza

 

Bebiendo cerveza

 

Continuamos camino hasta llegar a Librou, después de casi cuatro horas de marcha, donde acampamos. Montamos las tiendas en una pequeña terraza rodeadas de plantas de maíz y bajamos al río a quitarnos el sudor del camino. El agua está perfecta, así que remoloneamos de poza en poza hasta que se fue la luz y nos rodearon las luciérnagas, realmente una experiencia inolvidable. Cenamos sentados en una piedra, al lado de una de las chozas del poblado unas patatas guisadas fantásticas que cocinó Abdul. Después el jefe de la tribu nos invita a compartir con ellos un rato de charla. La choza tiene dos aberturas una para entrar y otra para salir. En su interior hay un lugar destinado a moler el mijo, otro para hacer el fuego y varias calabazas colgadas para guardar los alimentos fuera del alcance de los ratones. Duermen sobre unas esterillas en el suelo, el hombre con su o sus mujeres junto a los hijos de ambos. El comandante Issa nos hace de intérprete, aunque con el curandero del poblado no es necesario, es sordo y se comunica perfectamente mediante gestos. Va llegando gente hasta que apenas cabemos dentro de la choza, beben cerveza sin parar y parecen contentos de tenernos allí. Las mujeres se visten únicamente con un taparrabos de hojas que renuevan diariamente y se arrancan los dos incisivos superiores a temprana edad, como símbolo de fertilidad. Los hombres utilizan ropa sólo en la época de lluvias. Esta es sin duda el África ancestral, esa que se resiste a la civilización y que por desgracia tiende a su extinción. Tener la oportunidad de conocerla todavía intacta es todo un privilegio y una experiencia inolvidable.

Hombre koma

Cualquier momento es bueno

 

JR.


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